Solemos decir con ironía: bienvenido a la realidad. Lo hacemos siempre que nos damos cuenta de que andábamos en otro canal, en otro mundo. Podríamos decirlo cada mañana al despertar, o cuando alguien interrumpe nuestro vuelo por la imaginación, cuando descubrimos ese amor que no es correspondido, cuando nos damos cuenta que nos engañan, -cuando nuestros hijos nos convierten en abuelos, cuando terminas de disfrutar una gran película, cuando se acaban las vacaciones, cuando vemos que hemos cometido un grave error, o cuando hemos creído una infame mentira. Ahora mismo lo podemos decir: ¡Bienvenido a la realidad!
Cada momento del día puede convertirse en un despertar si ponemos atención. Siempre estamos descubriendo algo: un chisme, una vacuna, una ideología… no importa; la realidad es tan fugaz que nos vemos obligados a encontrar siempre algo nuevo.
Sin embargo, hay una realidad que se convierte en pasado, en nostalgia, en añoranza; un recuerdo con todos sus aromas, sus sabores, sus colores y sus emociones. Remembranzas tristes o felices formaron parte de nosotros. Fueron, crecieron y desaparecieron; como todos los ciclos. Solo por ello, el pasado, es el duelo constante de nosotros mismos, de nuestra vida, de nuestra experiencia.
Sabemos que despertamos, porque cuando lo hacemos tenemos la sensación de que algo ha terminado; el júbilo, el coraje o la decepción nos invade. Resignados, tristes o felices aparece de nuevo el entusiasmo, y, al mirar a la lejanía, vemos el inicio de un nuevo ciclo que nos da la bienvenida. La realidad se manifiesta y la vida continúa. ¡Cada año lo festejamos! Podríamos festejar cada día al despertar, cada vez que termine una etapa y empiece otra, no importa cuánto dure.
¿Será que a cada instante salimos de un mundo para entrar en otro?
Vivimos en el mundo que imaginamos, nuestra propia novela. Su arquitectura es nuestra consciencia, la realidad que vemos representa un anhelo, una frustración, un hecho; implica un esfuerzo, conlleva algunos miedos igual que los héroes y villanos con quienes compartimos nuestras vidas. La realidad no es verdadera ni totalmente falsa, es solo un relato que armamos respecto de nuestra existencia, es la historia individual de cada uno de nosotros. En sueños, en la imaginación o en las creencias, la realidad está solo en nuestros pensamientos, hasta que cambia lo que pensamos. Es el éxodo para sobrevivir. La realidad es la historia del duelo y la resiliencia. Es el discurso interno de nuestro mundo. Es la muerte y el nacimiento de cada instante a cada instante; siempre luchando, tratando de permanecer, de entender, de trascender…, de existir.
Pero ¿qué realidad es esa que experimentamos cuando dormimos y que al poco transcurrir del día se nos olvida?, ¿es realmente real?, o ¿solo es real mientras dormimos y soñamos? ¿Qué realidad es esa que construimos cuando imaginamos nuestros anhelos alcanzados o nuestras derrotas consumadas?
Creemos que una parte de nuestros pensamientos, parte de esa realidad, se oculta a nosotros mismos bajo el oscuro y gélido coloso que flota a la deriva en el océano imaginario de nuestras vivencias. Sin embargo, ese inconsciente solo es dogma de fe, útil para depositar en él nuestras culpas, nuestras incompetencias y perversidades. Si no lo fuera, entonces los sueños, la imaginación, el futuro, tampoco lo serían.
Igual que lo es el Big Bang, el paraíso o el tiempo; la realidad solo son un cúmulo de explicaciones pueriles para saciar la angustia de nuestra incomprensión. Pero es, no obstante, sobre estos débiles cimientos de papel, donde construimos las tesis más robustas y atrevidas que rigen nuestro pensamiento, nuestras emociones, y nuestra conducta.
El tiempo es el grillete de nuestras extremidades inferiores, el inconsciente es el tirano de la voluntad, el paraíso, un espejismo sin tiempo, y el Big Bang…, el Big Bang es el caos de nuestra realidad, la hipótesis de nuestra existencia.
Frecuentemente, sin embargo, nos rehusamos a despertar, a salir de ese sueño placentero que creemos verdadero, nos atemoriza confrontar la realidad. Hasta que el destino nos obliga, hasta que ya es demasiado tarde, hasta que se acumulan las facturas y la vida o la naturaleza nos pasan la cuenta y tenemos que pagar los intereses de nuestra ceguera y nuestra negligencia.
la ciencia-ficción se ha escapado de las novelas y de las películas para perturbar los conceptos antropológicos y ontológicos que se mezclan y diluyen entre lo ético, lo moral y lo realmente real; si es que eso existe.
Es fácil imaginar un dios como extraído o copiado de cualquier mitología, pero no sin antes mirarse cada uno a sí mismo. De ninguna manera podrá alguien jamás imaginar un dios o tratar de describirlo; no sin antes haberse observado, no si no se parece en algo a uno mismo, no si no es a imagen y semejanza propia. ¿Qué es Dios entonces, si no el arquetipo platónico de nosotros mismos, una idea, un sueño, una añoranza, o la exégesis de nuestro anhelo de perfección? Así, es difícil determinar si nosotros creamos la realidad o es la realidad quien nos crea. Si la realidad es la imagen de nuestros pensamientos o si nuestros pensamientos se asemejan a la realidad.
Transformando nos transformamos. En cada inflexión los valores cambian, cambia el significado de la vida, y nuestra forma de mirar el mundo lo hace con ello también. ¡La realidad se transforma!, y entonces, lo que parecía real deja de serlo, despertamos. La ciencia se convierte en ficción, los sueños se desvanecen y nuestro discurso del mundo pasa a otra página.
Nos sumergimos en nuestros recuerdos o imaginamos el futuro. Despertamos agitados, empapados en sudor; y de inmediato se activa la máquina del tiempo que instantáneamente nos transporta de un lugar a otro, y aparecemos en la cama aún con las emociones a flor de piel. Imaginamos una escena de amor y el mecanismo de realidad excita nuestras hormonas y se humedece nuestra vulva o tenemos una erección. Es mas rápido que hacer clic sobre una liga en Internet. Saltamos de un mundo a otro, de una emoción a otra sin saber cual es real y cual no lo es. Confundimos el amor con el sexo y la tolerancia con el perdón. Bendito engaño el que nos hacemos.
Ya no sabemos si lo que recordamos sucedió, lo leímos, lo soñamos, alguien lo platico o lo vimos en una película, pero de una u otra manera algunas veces lo real nos parece un sueño y los sueños realidad. De hecho, vemos una película y no sabemos si lo que nos plantea es, o no es posible. ¿Realidad o ficción? Ya no hay dilema en ello. Solo es cuestión de tiempo para que se mezcle en la fantasía de los anhelos y rencores que preferimos recordar.
Cuando nos enamoramos, cuando perdemos algo y sufrimos, cerramos los ojos e idealizamos, justificamos, y nos inventamos una realidad construida mayormente con deseos e ilusiones.
Drones, monitores planos, turismo espacial, automóviles autónomos, Internet, prótesis de órganos internos, viajes al espacio, amores…, ¿qué sigue? No se nos olvide la realidad que creamos cuando miramos dentro de nosotros mismos, cuando idealizamos, cuando sentimos, cuando sufrimos, cuando amamos, cuando nos apegamos…
Algunas cosas de esta realidad no se pierden, pues no existen. Pero hay quienes pierden el amor que nunca los amó. Las cosas se abandonan, se rechazan o se ignoran; se dejan pasar, o se fantasean, y se idealizan para creer que son reales; bendito engaño piadoso. No son de nosotros y nunca lo han sido. Lo único que tenemos es la realidad que creamos y que queremos creer.
Algunas otras cosas no se alcanzan. No están disponibles, se idealizan, se confunden; no son de verdad. La mujer que quieres vive creyendo amar al hombre que la humilla y se aleja de ti pensando que cinco años son solo un desliz. Quizá esa sea la razón de toda dependencia y apego emocional: creemos que somos dueños de algo, de alguien, excepto de nosotros mismos.
También hay cosas que se tienen y no se cuidan; cosas que se cuidan y no se tienen. Un amor, sobre todo, una ilusión, un amigo, un abrazo, una sonrisa, un destino…, quizá nada es tuyo, solo te viene a mostrar eso, a enseñar, a ofrecerte la oportunidad de abrir los ojos y sanar.
Sin embargo, si algo te pertenece porque alguien te lo ha dado, no dudes en dejarlo ir, pues hasta los hijos son prestados, en realidad, solo tú te perteneces a ti. No permitas estar atado o atada a nada. Pues así es la libertad, aunque a veces no lo sepamos y seamos prisioneros de nosotros mismos. ¡Suéltate tú mismo, tú misma!
El amor es tuyo, las personas no lo son, aunque hayan salido de tu vientre.
Amar a alguien no te hace su dueño; te hace su ángel guardián, te hace ser mejor tú y a quien amas; te hace feliz caminar a su lado superando ambos sus dificultades. Te hace feliz verlo o verla libre, volar sin ataduras, autónomo, autónoma, aunque solo observes en silencio.
El amor es una sinergia emocional positiva. Es dejar entrar a alguien en tu corazón y ocupar tú, un lugar en el suyo. Pero todo sentimiento fracasa cuando se convierte en adición egoísta. Entonces te lastima, te duele, te aprisiona, poco a poco te destruye y destruye eso a lo que crees amar. Asesinas al ángel de su guarda y te conviertes en el lastre de su libertad; en su encierro, en su prisión, en su desdicha.
Si el amor termina, si el amor cambia, si el amor acaba, y, si te apegas, te conviertes en ese grillete que lastima. Pero si lo sueltas, el amor se convierte en alas para volar más alto.
Si te sientes atrapado, atrapada en la realidad. Déjalo todo, huye, date una oportunidad, ten una nueva vida, atrévete, hazle caso a tu corazón y olvídate de prejuicios, de apegos, de las dependencias tóxicas que te llevaron a donde ahora estás. ¡Cambia tu realidad!, por favor.
Amar, es soltar sin temor, es desear lo mejor hasta el final, amor es procurar a quien amas sin tener que sacrificarte tú ni sacrificar tus valores.
Amar, sin embargo, no lo es todo; es lo único: una realidad difícil de entender. ¡Bienvenidos!
