Cuando me dieron la oportunidad de presentar este libro, como siempre me pasa, me entraron las dudas:
¿Será este el foro adecuado?
¿Estará el arte plástico y pictórico relacionado con el arte literario?
Es cierto que una imagen dice más que mil palabras. Pero quien mira la imagen también puede callar lo que la imagen le susurra.
Ya no estaba seguro de querer presentar nada.
Las palabras, sin embargo, no pueden callar lo que tienen que decir, aunque sea poco.
¿Por qué tanta duda?
El arte conmueve, lleva algo de nosotros dentro se cada pieza, es un vínculo con nuestro inconsciente. Crea empatía.
El artista expresa lo que yo no puedo.
Porque me gusta o porque me disgusta, estamos relacionados.
El gusto resignifica la imaginación. Pero se educa con la experiencia.
Yo quería decirle al mundo lo que iba a pasar si seguíamos tratando de separar el alma del cuerpo sin que eso representara la muerte.
Pero parece que el arte es la sublimación de la tragedia personal.
Las imágenes crean palabras y las palabras crean imágenes.
¿Cuántas imágenes se necesitan para decir eso?
Atormentado por la duda, me di cuenta de que todo se relaciona con todo: Lo plástico, lo pictórico lo literario, lo secreto, lo expuesto, lo consciente, lo inconsciente, el alma y el cuerpo…
Desde entonces mantengo firme en mi pensamiento que todas las acciones implican un poco de amor. Amor con uno mismo, con nuestra autoestima, con nuestros sentimientos, con nuestro pasado, con nuestra idiosincrasia, con nuestro autoconcepto… y, en segundo término, con aquello con lo que nos relacionamos, ya sea un concepto, una persona o una cosa.
¿Qué nos espera si logramos meter nuestro pensamiento, nuestra consciencia y nuestro espíritu en la memoria de una computadora?
¡Fantástico!, ¿no?… pero, al mismo tiempo, aterrador.
¿Qué pensarían si les dijera que le quedan solo diez años de vida al planeta? La mayoría seguramente juzgaría que es un comentario temerario y exagerado. Pero… y ¿si fuere cierto?
¿Si para sobrevivir hubiera que cambiar nuestra mente por una computadora?
Toda creación artística, en el fondo, retrata el acontecer del mundo, y yo he querido retratar mis temores y los de muchos más, respecto de que esta espiral tecnológica continúe desafiando a la naturaleza.
Hemos visto cómo la ciencia ficción se ha escapado de las novelas, del cine y de la imaginación creativa de tantos artistas para venir a ocupar un lugar, muy peligroso, en nuestra realidad, en nuestra sociedad y en la vida cotidiana.
¿Quién se imaginaba que un aparato tan pequeño llamado teléfono inteligente iba a servir para ver televisión, escuchar radio, platicar con amigos, trabajar en equipo, escribir un libro…?
Hemos perdido la dimensión entre lo ficticio y lo real.
Ambos se mezclan como componentes primarios de nuestras vidas.
¡¿Y si les dijera que solo son dos años lo que le resta al planeta?!
Seguro que empezarían a crear imágenes abstractas, metafísicas y surrealistas de algún tipo de tragedia, holocausto nuclear, ecológico, o social…
¿Quién crea el discurso de las palabras y las imágenes, si no el mismo espectador? El arte introyecta. (es la repetición del inconsciente).
¡¡¿Y quién va a hacerse cargo?!!
¡Tenemos que organizar un gran evento!, y no nos queda tiempo. Es el éxodo de la raza humana.
Pero veamos, en nuestra imaginación ¿cómo es que sucede todo esto en medio de nuestra idiosincrasia pusilánime, egoísta, prepotente y corrupta? ¿Cómo nos va a transformar la tecnología que ocupemos para el viaje? De verdad, ¿es esto posible?
Morimos a cada instante que vivimos. Cada vez que nos transformamos, cada momento en que aprendemos, cada día que despertamos regresamos a la realidad cotidiana, tan cambiante y fugaz, que ya no nos damos cuenta de ello. Por eso mis dudas.
El hombre medieval ha muerto, el hombre moderno esta terminando de morir, el hombre tecnológico apenas empieza a vivir. ¡Sí, así es! Esa es la realidad.
Siempre hemos creído que somos alma y cuerpo, y que solo la muerte separa estas substancias. Pero ¿y si la tecnología nos diera la oportunidad de trascender la finitud de nuestro cuerpo?
Cualquiera puede imaginar el futuro, Pero nadie, por más que espere paciente, podrá jamás conocerlo.
¡Somos los artistas quienes construimos el futuro! Artistas de la tecnología, artistas de las ideologías, artistas de la vida, no importa si emplean palabras, imágenes, esculturas, música, teatro o cualquier otra forma de expresar sus ideas. Se ha empleado desde la tragedia griega hasta la realidad virtual y aumentada.
La única forma de acercarnos al futuro es con el apoyo de la imaginación. Y nadie jamás podrá contarnos lo que ha pasado allá.
Este libro trata de la experiencia de un grupo de personas que se vieron obligados a trascender sus cuerpos para salvaguardad el futuro de la raza humana…
La humanidad, obligada a encontrar un nuevo hogar, cruza la galaxia y el oscuro espacio de la conciencia humana. El viaje comienza en el caos de un planeta moribundo, en la alegórica caverna de Platón. En su huida, se encuentran con un universo paralelo, desafiante y confuso, un universo que deben conquistar para sobrevivir. La travesía los empuja hacia una espiral transhumanista. Allí descubren que la hibridación es la única manera de enfrentarse a este universo alternativo. Es nuestra historia, la probable historia futura de la humanidad la que tendrá que extinguirse, transformarse y trascender para sobrevivir. Es la historia del dolor y la resiliencia. Es la muerte y el nacimiento de una nueva especie: la nuestra.
¿Qué es la realidad?
La realidad es como el clima de Monterrey. No te preocupes si no te gusta. Acaba de cambiar, y cambiará, y lo hará, y lo hará de nuevo, y así sucesivamente; de la misma manera que cambias la perspectiva de lo que ves en cada nueva mirada.
No sé cuánto más le quede a esta Tierra devastada ni a esta humanidad enferma y mutilada. Y aunque lo sepamos, seguimos destruyendo nuestro hogar como si fuera solo nuestro y a nadie más le importara.
El arte es la sublimación de la tragedia personal.
… Fragmento
—¡Gunnar Markowitz! ¡Por fin nos vemos en persona!
La doctora se levantó de su asiento y extendió los brazos para acogerme cálidamente en señal de bienvenida. Sus ojos aceitunados, grandes y fríos, se veían más luminosos al reflejar las luces del ambiente, más hermosos, pero también más penetrantes y agudos que en los monitores de la más alta resolución.
—Tienes mayor estatura de lo que recuerdo —comentó observándome y dejando escapar una leve sonrisa de sus labios.
—Teniente coronel, doctora —la abracé también sin saber cómo dirigirme a ella—, tanto tiempo trabajando juntos y mire cómo me he puesto de nervioso con su presencia, me emociona tanto verla en persona, que…
—Deja los formalismos y siéntate —se sentó y me jaló del brazo con mucha confianza y determinación para que me sentara lo más próximo a ella—, no hay mucho tiempo —dijo bajando el volumen de su voz y bajando la cabeza, pero sin descuidar por un solo segundo la mirada atenta—. No podemos confiar en nadie. ¿Me entiendes? Solo voy a con-fiar en ti. ¡No lo dudes ni por un instante! —me dijo resuelta y familiar—. He hecho arreglos para que estés en mi tripulación, pero hay que ser cuidadosos; todas las tripulaciones han sido penetradas por agentes encubiertos, unos de la Comunidad del Nuevo Orden y otros del Consejo Interestelar. Me temo que el hambre de poder de algunos viejos generales de la CNO y del CI pueda pervertir los objetivos de la misión e incluso hacerla fracasar.
Jessica me soltó la situación de un solo tajo, sin anticipar mi reacción, ni siquiera yo sabía cómo reaccionar. No sabía de qué misión hablaba, ni a qué tiempo se refería.
—¿Qué debo hacer? —pregunté.
Aún sin entender nada y aceptando tácitamente sin detenerme a pensar en lo que eso significaba, me puse a sus órdenes. Solo supuse que la Comunidad y el Consejo eran antagónicos, CNO versus CI. No quise preguntar, no quise parecer estúpido. Pero el CI era una subdivisión de la CNO. Ni siquiera sabía de qué lado estábamos nosotros, menos cuál era el origen de la disputa; fue más estúpido quedarme callado. Estupefacto, guiado solamente por la confianza que Jessica depositó en mí, observando de qué forma fría e inexpresiva sorbía el líquido de su copa después de lo que me había dicho, esperé ansioso, mis neuronas se habían atascado en un gran nudo totalmente ciego.
—Solamente debes tener cuidado de lo que dices y a quien se lo dices; estar atento y observar las reacciones emocionales necias, anticipadas o forzadas de cualquier miembro de la tripulación. Debemos estar bien sincronizados, pero evitar que esa sincronía nos delate.
—Gracias por la confianza, Jessica; y no sé si agradecer también la responsabilidad que eso implica; pero creo que no estoy entendiendo. Solo para iniciar esa sincronía. ¿Cuál exactamente, es la misión que debemos proteger?
—Preservar la autoconsciencia de nuestra existencia y nuestro libre albedrío.
Siempre tan precisa, lacónica y directa. Poco faltó para declararme paranoico o imbécil o ambos; el aislamiento durante tantos años había atrofiado mí razonamiento. Pero no dije nada, me quedé mirándola sin enfocar la vista en ella, atónito, en realidad caí en un profundo vacío dentro de mi mente, un hoyo negro. ¿Qué…?, me pregunté en silencio, pero con un eco espectral deformado hasta el infinito. Me quedé igual. ¿Qué tiene eso que ver con nosotros?, ¿o conmigo?
—¡Wau!, pensé que la misión era buscar un planeta propicio para desarrollar la raza humana o algo así. Creo que necesito un trago.
—¿Y qué es la raza humana —inquirió retóricamente—, sino el agente que ha consumido, agotado o destruido casi todos los recursos del planeta? ¿Eso quieres? ¡Lo que necesitamos es consciencia!, no una manada de zánganos parásitos discapacitados que solo consumen sin aportar absolutamente nada; ¡son una carga para el planeta! y para el resto de la poca humanidad que aún se puede salvar.
La doctora oprimió una marca en la mesa y de inmediato una plataforma móvil trajo una bebida.
—¡Anda!, bebe eso.
—No, gracias. Ni azúcar ni alcohol. Necesito tener la mente lúcida para entender. Quizá un poco de café sería mejor.
—¡Anda!, te va a ayudar.
—¿Qué es?
—Agua mineral.
—¡Oh!, gracias.
—No sabemos si la raza humana sobreviva —continuó la doctora—, no sabemos si mute, si evolucione, o si seamos nosotros mismos quienes la destruyamos igual que lo hemos hecho aquí en la Tierra. El agente patógeno ya ha sido inoculado en nuestras tripulaciones y seguramente los elegidos también son portadores —Jessica se acercó un poco y bajó la vos—; solo debemos mantenerlo inocuo y saber cómo neutralizarlo en caso de que se active.
Me quedé en silencio, pensando para comprender. Parece que no podemos darnos cuenta, tener consciencia de nosotros mismos. Mientras no nos curemos de nuestra ignorancia, mientras no abandonemos nuestros amuletos, fetiches y apegos al poder y a la libertad, mientras no escapemos de nuestra fantasía de igualdad y justicia y dejemos de confundir la supervivencia con la acumulación; ¡no sanaremos! Nos destruiremos nosotros mismos tratando de sobrevivir, creyendo que así lo lograremos, hasta que otra vez sea demasiado tarde, hasta que otra vez el destino se convierta en presente, hasta que irremediablemente el destino otra vez nos alcance.
—Pero, creo que, para conservar nuestra consciencia y nuestro libre albedrío no necesitamos ir al espacio —intervine de nuevo.
—Probablemente no, pero si no hemos logrado nuestra autoconsciencia, si lo que creemos que es nuestro libre albedrío no son más que condicionamientos, instintos y emociones predeterminados socialmente, si carecemos de una verdadera identidad, si no lo hemos logrado en un millón de años. ¿Qué te hace pensar que lo lograremos en tres o cuatro años que quizá nos queden en este planeta? Solo las situaciones de crisis nos permiten evolucionar cuando no logran destruirnos. Además, necesitamos una comunidad manejable, un grupo pequeño.
—Ahora sí, ya estamos entrando en sintonía —musité—. Aunque ya logró ponerme nervioso, doctora. Necesito afinarlo, debo reflexionar, pensar. ¡No quiere decir que no lo entienda!, quiere decir que lo que entiendo va más allá de lo que esperaba comprender. Sí, asumo el compromiso de la misión, porque conservar la consciencia es sobrevivir, y esa es una misión universal, protege la esencia de la humanidad; contrario a lo que sucede. ¡Todos deberíamos estar en ella!
» Doctora, me está pidiendo que cumpla con mi deber, ¡cuente con ello! Aunque aún no sé exactamente lo qué debo hacer, es un honor para mí poder participar.
—Descubrir lo que debes hacer es primordial. Sé hacia dónde vamos, pero desconozco el camino que debemos seguir. ¡Ah! ¡Una última cosa!: si quieres controlar a alguien, controla sus emociones; en esta guerra lo vas a necesitar. Aborda el Excélsior temprano, nos volveremos a reunir en Mir VII.
Jessica Marteen, la teniente coronel, médico y jefa, se puso de pie, me guiñó el ojo y luego, cumpliendo con el protocolo militar, se despidió y salió presurosa.
Me quedé pensativo, observando a través del cristal las maniobras de los transbordadores. Recapitulaba tan extraño y frío encuentro. Miraba cómo cada vez arribaban más voluntarios; elegidos o no, serían pasajeros de la Gran Odisea. Trataba de imaginar lo que pasaba por sus mentes, quizá estaban pensando que todo era una pesadilla, negando la realidad de lo que estaba sucediendo; quizá nunca creyeron que algo así pudiera ocurrir. Yo aún me sentía ajeno, solo quería despertar de lo que hubiera deseado que fuera un mal sueño. Llegaban a mi cabeza imágenes de parejas y familias consolándose mutuamente: «…no te preocupes, todo va a salir bien.», «…ya verás que todo se arreglará.», «…mañana las cosas van a mejorar.». Frases acuñadas sobre el deseo abstracto, sobre una esperanza fantasiosa y dogmática, frases con el troquel de la evasión, expresiones patológicamente irresponsables, sin fundamento real, ausentes de causalidad, ausentes de lógica, locuciones impregnadas del deseo mágico de que la realidad fuera otra. Abandonados al fracaso, deprimidos y, aún más ignorantes y ciegos de lo que pensé, ellos eran mi reflejo; lo mismo que yo experimentaba diez años atrás tratando de que mis amigos se avivaran. Solo eran frases estúpidas, ideologías utópicas, pues nadie se movía en dirección de alcanzar esos deseos. Siempre nos quedamos esperando a que se agote el tiempo o a que las circunstancias nos empujen.
El pensamiento mágico del común denominador de la raza humana brotaba de nuevo entre la angustia del presente y la incertidumbre del futuro; incluso brotaba también en los miembros de todas las tripulaciones, pero ahí, en la sala de juntas, se mostraban tranquilos, embriagados por la demagogia de la CNO, platicando, fumando, jugando a algún videojuego sobre la mesa o en algún dispositivo; como quien espera al día siguiente salir de vacaciones y ha decidido distraerse un poco antes de conciliar el sueño, como quien no entiende que el planeta nos estaba deportando y condenando al ostracismo. Todos ellos eran testigos vivientes del cambio climático y de sus efectos, de la tiranía de la CNO. Todos, en algún momento, habíamos huido y nos habíamos salvado de las crisis sanitarias. ¿Cuál era entonces el secreto de su paz interna? ¿Qué droga era capaz de evocar esa tranquilidad de un vacío repleto de ignorancia?
¿Y cuál era mi preocupación?, todos parecían tan tranquilos. Quizá exagero, pensé, pero Jessica y yo parecíamos los únicos con delirios de futuro.
Salí de ahí a las 22:30, rumiando en ecos mentales de segundo plano el significado de la misión, de mi misión, y observando el resto de la Terminal II del O’Hare. Me dirigía al edificio de hospedaje de la tripulación. Mañana despertaría por última vez en el planeta Tierra.
Antes de conciliar el sueño, volví a pensar: «…la autoconsciencia de nuestra existencia y nuestro libre albedrío.». ¡Qué chaladura es esa?, estaba justo entre creer y entender, entre aprender e ignorar, en el estado intermedio de la duda. Me sentí atrapado entre las páginas de una novela distópica de ciencia ficción. ¡Me era tan difícil aceptar la realidad que estábamos viviendo! Quizá al despertar, mañana, descubriría que todo había sido solo una hermosa pesadilla.
Sin embargo, al observar en retrospectiva, vi cómo la autoconsciencia de existencia se diluía del pensamiento colectivo. ¡Realmente la comunidad se estaba convirtiendo en zombis? No sé cómo con tal amenaza la gente estaba tan ecuánime y tranquila, como si lo que reinara solo fuera paz y prosperidad. Aparentemente a nadie preocupaba nada. Estoy seguro de que algo estaba manipulando las emociones de las personas. No me parecía normal, lógico o natural esa cotidianidad relajada que mostraban todos. La situación no estaba resuelta, la Tierra agonizaba, y nosotros con ella, el tema era digno de un caos generalizado.
Tampoco supe en qué bando estaba yo, lo único que pensé es que no quería convertirme en uno de esos zombis y perder mi autonomía, o mi consciencia o mi libertad, como le había dicho a Jessica; si me iba a poner al servicio de alguien, sería al servicio de la existencia, de la supervivencia y de la autonomía de la raza humana, al servicio de mí mismo, de mi consciencia y sentido común. Sentí que por fin me estaba preparando para participar.
Esa noche, soñé tan profunda y maravillosamente que rehusaba despertarme al día siguiente, no quería abandonar el paraíso de mis recuerdos e imaginación. Soñé con agua, mucha agua, luces, colores y reflejos; recorrí los bosques, bajé de las montañas corriendo y saltando por los cauces y descansando ocasionalmente en los lagos, admirando la flora y la fauna, creando arcoíris caprichosos en las cascadas, texturas de reflejos en la superficie, y jugueteando con el sol y con el viento abrasé la Tierra con sus mares. Realmente, entre goce y nostalgia, me sentí tristemente feliz.