«El zapato que le queda a una persona, pellizca a otra; no hay una receta para vivir que se adapte a todos los casos» -Carl Gustav Jung
Cenicientas, príncipes o madrastras. Hombres y mujeres; niños, jóvenes y adultos; ricos y pobres; eruditos o ignorantes; todos, alguna vez, hemos sido uno de estos personajes. Son rasgos que adoptamos para relacionarnos en el mundo. Ante los débiles, somos madrastras prepotentes y, ante los poderosos, somos sumisas cenicientas. A veces, somos hipócritas, ladinos, chacales. Son arquetipos que utilizamos para, supuestamente, adaptarnos a la realidad. Mecanismos de supervivencia y de resiliencia que pretenden retornarnos una pizca de control sobre nuestro entorno hostil. Incluso si te comportas como una madrastra, pues, a veces, la madrastra es solo la capa que esconde la frustración de una cenicienta. El príncipe, puede ser la soberbia disfrazada de bondad; o la bondad embriagada de estupidez. En el fondo, siempre hay una cenicienta lidiando con el mundo.
Todos somos víctimas. Todos somos victimarios. Todos chantajeamos y somos chantajeados. Padres e hijos, desde el principio, lo hacemos, lo padecemos y lo permitimos. Causamos dolor y nos lo causamos a nosotros mismos. Huimos de la felicidad y dejamos el anzuelo inocente de la zapatilla. O nos lanzamos en búsqueda desesperada de una princesa o un príncipe idealizados, una fantasía que se convierta en el motor que nos regrese el anhelo de vivir. Mientras, soñamos con que los cuentos se hagan realidad.
El mayor temor y dolor de las madrastras es que aparezca un príncipe que se enamore y se lleve a la cenicienta. El mayor temor de las cenicientas es no tener un hada madrina que les ayude a encontrar a su príncipe, o que el príncipe nunca se enamore de ellas. Y el mayor temor de los príncipes es que la cenicienta no logre reconocerles. Pero de eso está hecha la vida; de creencias: oportunidades que pasan sin ser vistas jamás, intenciones confusas, deseos reprimidos, demostraciones absurdas, ilusiones equivocadas, arrogancia, duda y desamor. Son solo sueños tirados a la basura; experiencias indeseables causadas solo por nuestra ceguera, nuestro egoísmo y nuestros miedos. Son fantasías de realidad.
Los cuentos, los relatos y la fantasía no son sino el reflejo distorsionado, a veces exagerado y otras indulgente, de una realidad anhelada o de una no deseada. Una narración donde se exponen vicios y virtudes del ser humano en busca de la explicación y sentido de su existencia. Conductas que interpretamos como malas o buenas y emociones desdichadas y felices.
Escuchar o leer un cuento es un ensayo, es un experimento seguro que nos enseña sobre la bondad y la crueldad de personajes que pueden ser parte de nuestras vidas. Es una probadita de lo que podría ser nuestra realidad, una muestra que podemos mirar sin que nos dañe. Es creer que, a pesar de las vicisitudes y contrasentidos de la vida, siempre las personas virtuosas encuentran un final feliz, y las brujas malvadas su merecido. Y esa es justamente la quimera que engendra el Síndrome de la Cenicienta. Una patología generalizada que pretendemos erradicar destruyendo príncipes y madrastras. Como si el mal proviniera de ellos y no de la misma sociedad que lo produce y, al mismo tiempo, lo padece.
Pero parece ser que no hay cura posible sin la intervención acuciosa de un hada madrina. Un personaje maravilloso que generalmente se llama Esperanza. Un poder oportuno y prudente que viene a ordenar el caos con su barita mágica de justicia y el hechizo de su bondad. Una idea mágica, una creencia que viene a dirimir nuestro sufrimiento.
«Creadora de sueños, sanadora de almas, terapeuta de corazones rotos, ángel guardián. ¡Sal y manifiéstate, hada madrina! Muéstrate en todas esas muñecas maltrechas y enséñales que son ellas las únicas que pueden construirse un final feliz. Muéstrales, que, para ser princesas, deben amarse a sí mismas y cultivar la realeza de su linaje, pues es eso lo único que las hará calzar la zapatilla».
El príncipe es solo una metáfora de la felicidad. La zapatilla es el portal entre la realidad y la fantasía. Y las madrastas son los fantasmas internos y hostilidades del mundo que cada cenicienta permite que le acosen. Todas y todos hemos sido cenicientas, todos tenemos madrastras y todas hemos anhelado un príncipe. Pero difícil es encontrar la zapatilla y, además, encontrar la que corresponda a la horma de nuestro pie. El hada madrina es la voluntad, la voluntad de poder, la voluntad de poder ser la causa de nuestro devenir.
Más allá de solo mirar a través de las perspectivas de género, de castas, de abuso y de poder, quiero exhortarte a mirar y analizar los contextos humanos con todas sus facetas. Lo histórico, lo ideológico, lo psicológico, lo social, lo político, lo fantasioso, lo mágico y lo estúpido de nuestra idiosincrasia. Desde cruzar los dedos y cerrar los ojos para no ser descubiertos, invocar fuerzas etéreas, o envenenar una manzana para deshacernos de aquello que percibimos como un obstáculo.
Este miedo y esta ignorancia, pulula y trasciende a todo el universo humano. Agnósticos, militantes, fanáticos y paganos; todos somos responsables. Nos sumergimos en esta niebla narcótica y comenzamos a soñar en lugar de vivir. Y, mientras unos juegan el papel de tiranos, otros participan como oprimidos, tan solo, para dar sentido a sus personajes. El conflicto permanente entre fuerzas antagónicas se convierte en la trama de la tragedia, y nadie escapa al segundo acto hasta que está a punto de terminar su rol en la novela de su propia vida, o hasta que, mágicamente, aparece su hada madrina.
Clamamos justicia, solicitamos igualdad y exigimos paz para todas esas víctimas abandonadas o explotadas que hieren la dignidad de nuestras comunidades. Pero, tras el escenario, seguimos cultivando el virus que quebranta los cromosomas de nuestra sociedad y que provoca este síndrome social. Seguimos educando con mensajes ambivalentes de justicia y libertad, de derechos y obligaciones; seguimos plantando ideologías disruptivas y roles de clase y de género contrarias a los discursos que promovemos. Vendemos protección para obtener sumisión, intercambiamos libertad por derechos, compramos respeto con obediencia, y entregamos nuestra dignidad para conseguir un poco de paz y falsa seguridad.
Sin importar la máscara que utilice, el poderoso sigue dominando al débil. Sin importar su discurso, el débil sigue siendo débil mientras no se empodere y emancipe. Entre estos dos extremos rueda y se recrea la gama de matices que constituyen el guion de nuestra vida cotidiana.
¿Cuántas mujeres regresan al seno familiar para seguir siendo golpeadas, explotadas y abusadas por su pareja o su familia? ¿Qué poder de convencimiento tienen esos malandrines sobre esas estúpidas cenicientas objeto de su manipulación? ¿Qué tan profunda ha de ser la desdicha, el abandono o el miedo, para decidir seguir siendo víctima constante de chantajes? O ¿qué tan pobre puede ser su dignidad para someterse y soportar las vejaciones de sus opresores tiranos.
Para que haya una relación, de cualquier tipo, se necesitan dos. Para que haya pleito se necesitan mínimamente dos intenciones opuestas. Para que haya abuso y sometimiento también se requieren dos. No basta con legislar y perseguir la vasta variedad de conductas opresivas y misóginas de nuestra cultura. Se requiere educar, empoderar a la mujer, permitirle recuperar su autoestima; se necesita amarla y respetarla. Ella es parte de nosotros, nuestra especie no estaría completa sin las mujeres, son seres humanos hermosos.
No es fácil conocer el impacto que genera el sufrimiento en estas personas maltratadas, ni el costo social que se deriva de dicho sufrimiento. Menos probable aún, es poder estimar los daños asociados a la salud mental de nuestras comunidades, o evaluar las repercusiones culturales que trascienden a la sociedad en su conjunto y que perpetúan semejantes conductas, tanto en oprimidos como en opresores.
Tampoco es fácil lidiar con madrastras, manipuladores o tiranos poderosos; demagogos, embaucadores, serpientes seductoras y mentirosas: opio de los ignorantes y de los ilusos.
Esta historia, y todas las demás, son historias de vida, ocurren en nuestro mundo, suceden entre nuestros pensamientos y nuestra realidad. Se producen debido a los roles y arquetipos que adoptamos e imponemos. Son el resultado de las decisiones que tomamos y de las acciones que realizamos o que evitamos realizar. Son el producto de nuestros miedos y nuestros anhelos. Conforman el camino que elegimos cuando decidimos caminar, o el destino que nos aprieta cuando esperamos sin andar. Son historias tuyas y mías, pertenecen a la humanidad. De una u otra forma se repiten. Son lecciones que debemos aprender.
Así como resultó trasquilado el borrego y desplumada la paloma por fingir ser carnero y gavilán, así resultan cenicientas las plebeyas por pretender ser princesas, mendigos los príncipes y harpías las madrastras. Todo se derrumba cuando no se es auténtico. Cuando carece del linaje que le describe.
No era la princesa, no era la zapatilla, no era el príncipe. Sin embargo, la madrastra se empeñaba en forzar el calzado a la que idealizaba al hombre que se hacía pasar por príncipe. El príncipe, desconcertado, no entendía lo que estaba pasando, pues los reflejos de la bisutería no tenían ni la intensidad ni la calidad de la luz que necesitaba para iluminarse. Ella, la madrastra, era la única que sabía y manipulaba todo el escenario. Matrimonios pactados, personajes arreglados, amores manipulados, vidas forzadas, falsos noviazgos, idilios frustrados, relaciones tóxicas…, al final: zapatillas rotas. Así son estos sueños. Cada vez la ambición termina por destruir lo más valioso, se queda solo con la cáscara y tira la pulpa. Cada vez se demanda más opio para mantenerse vivos en la fantasía de la vida.
Es cruel la cara detrás del cuento, la realidad al terminar la lectura, y la verdad al final del túnel es tan intensa, que nos obliga a cerrar los ojos para no dañar nuestro ego. Pero es más cruel seguir ignorando la realidad y continuar dormidos soñando con hadas madrinas y carruajes mágicos donde cenicientas ciegas y lacayos vestidos de príncipe fingen abundancia y felicidad. He traído hasta ti estos relatos extraídos de situaciones reales y aderezados con un poco de fantasía. No con el fin de hacerlos verosímiles, sino, a modo de cuento, para suavizar la crudeza de la realidad y del sufrimiento de sus protagonistas. A modo didáctico, para quienes duermen embelesados por la demagogia de sus utopías y de sus creencias. Y, a modo de queja, para aquellos que aún pueden enderezar la horma de su calzado.