S.M. Martín
Psyché
Capítulo 1
Catarsis
—¡No llores!
—No me molestes.
—Pero no te enojes —suplicó Beatriz.
—¡Que no me molestes! ¡Carajo! —gritó Édgar—. ¡Qué no ves que no lo puedo evitar! ¡No trates de consolarme!, por favor. ¡He descubierto la peor combinación del ser humano! —se moderó un poco—. ¿¡Cómo quieres que no me incomode!? ¡Naco, pendejo y soberbio! Se parecía a mí cuando yo era joven, excepto por lo naco, claro; sé lo que es eso. Ya ves cómo son algunos jóvenes: estúpidos, inapropiados, desubicados, descuidados, ridículos, exhibicionistas… ¡La esencia misma del naco! Era como una caja fuerte impenetrable. ¿No que Dios no era inicuo? ¡Pues ya lo ves!, el pobre hombre no ha tenido una oportunidad de progresar en la vida y ni la menor idea de lo que eso significa. Aunque se le quitara lo naco; su confort, su alegre ignorancia y su necesidad de autoestima le han dejado ciego, esclavizado. Al principio me dieron ganas de darle un sape, ¡sí!, un buen golpe en la nuca con la palma de la mano bien extendida. Quizá eso le hubiera reiniciado el cerebro, le hubiera corregido oportunamente, le hubiera hecho callar. Pero me topé con su arrogancia. El inocente flotaba henchido de grandeza sobre los argumentos absurdos de su propio obscurantismo. No se daba cuenta de que era él mismo el hazme reír de la élite cultural de su grupo. Ellos todavía lo alentaban mañosamente para que el incauto continuara alimentando su ego con su protagonismo y exhibicionismo ridículos y que tanto les divertía a sus condiscípulos. Profesionistas imbéciles… ¡que se vayan a burlar de su madre a otro lado!
» Sí, sí, sí, sé que no es mi papel defenderlo, lo sé, lo sé, pero soy demasiado susceptible para soportar eso. Es que no tolero esa clase de gente que se divierte con la ignorancia y la inocencia de otros. Tal vez ahí está el mal que me somete, tal vez ahí está mi debilidad, sí. Pero déjame disfrutar de esta catarsis, Beatriz, no sé si algún día podré aguantar esto o si me haré insensible, frío y sin emociones; quizá entonces me sea indiferente.
» Sí, sé lo que estás pensando —adivinó Édgar—, lo sé porque ya te lo he dicho antes, tal vez más de una vez; si te hace sentir bien que lo resalte, por supuesto. Sí, tienes razón. Igualmente se han mofado de mí por causa de mi terquedad, lo sé ahora, sé que era terquedad, porque si hubiese sido soberbia jamás lo habría sabido —aclaró—. Seguramente es por eso por lo que desde entonces soy así, susceptible. Me entiendes ¿verdad? Bueno, no importa.
» Yo acepto cuando me equivoco y aunque no ocurre con frecuencia, lo difícil es darme cuenta cuando me sucede. ¡Pero eso…!, eso no es justo.
» No sé si mi juicio sea erróneo y no me interesa en realidad. ¡No quiero saberlo!, y no me interrumpas por favor. ¿Por qué habría de doblegarme y ser tolerante ante el morbo perverso de la ironía de sus colegas? Todos somos discípulos en la profesión de ser humanos. ¡Te digo!, eso no es justo!
» ¡Pendejo! ¿Cómo se le ocurre? En una cultura como esta, en el corazón de la universidad. Decía que quien habla del alma está más cerca de hacer un horóscopo que de hacer psicología. ¡Y eso que no era psiquiatra! ¡Imagínate…!, qué afán de protagonismo estúpido. «Muy bien, ¡señor psicólogo! —le dije—. ¿Me gustaría saber cuál es su cosmovisión en este estudio de la psique?, ¿o cómo le hizo para engañar a sus sinodales? “La demostración no está en la palabra externa, dijo Aristóteles, sino en la palabra que está en el alma…”. ¡¡En la psique!!, mi querido psicólogo. ¡Ahí!, en el único lugar donde está todo. Mi señor… —disfruté de mi ironía—. Ya lo veo tratando de educar al mundo, al vecino que tira la basura, no en el cesto, sino junto al cesto; lo veo tratando de educar al taxista que se detiene separado de la banqueta peatonal, en medio del arroyo vehicular, o educando al intrépido conductor desesperado que se adelanta en la fila desquiciando a los que van formados; al bloguero que ha puesto su punto de vista en Internet; a mí, ¡señor psicólogo!, que le dirijo estas palabras. Lo veo tratando de educar a cualquiera que escupa en la calle sin el menor escrúpulo; frustrado siempre porque nadie ve las cosas como usted». Igual que ahora me sucede a mí, pensé en ese momento, Beatriz. Frustrado porque sé que se me parece demasiado.
» No sé qué pretendía yo diciéndole todo eso, pero continué. «¿Se da cuenta…? Ahí va, caminando por el mundo, corrigiendo a su paso al locutor, ¡licenciado en ciencias de la comunicación!, porque dijo “es bien importante”, en lugar de decir “es muy importante”. Quejándose siempre de haber nacido en un planeta tercermundista, donde nadie alcanza el nivel suficiente para progresar, para evolucionar, para abandonar su condición de primate, solo educando, educando, educando…». Justo como lo estaba pretendiendo yo en ese mismo momento, Beatriz. Solo criticando su conducta, mostrándole los defectos de su educación, resaltando las incompetencias de la academia y de la sociedad; imputándole culpa y, al mismo tiempo, sintiéndome culpable. No sé qué me pasó, te lo juro, ¡no lo pude evitar! Más catarsis hacía yo al corregirlo que lo que pudiera lograr. «No lo justifico —seguí, como impulsado por una inercia incontrolable—. Reconozco la razón profunda de su condición, pero de igual forma, reconozco las razones de sus colegas catrines». Yo ya había servido en ambos frentes, bufón y cortesano, mi edad y mi experiencia me daban la razón. Le hubiera dado un sape a tiempo y nada de esto habría sucedido, pero quizá fue mejor así; me permitió ver en mi crítica las razones recónditas de mi descontento. ¡Sí!, creo que fue mejor así, quizá hasta yo deba agradecérselo. «Disculpe usted mi susceptibilidad ¡señor psicólogo! —regresé un poco, pero solo para retomar con mayor agudeza mi ironía—. No quiero confundirme con usted —que era en realidad lo que yo estaba haciendo—. Pero ¿cómo pretende evolucionar sin la resiliencia suficiente que le permita escuchar lo que yo pienso y ahora le digo? ¿Cómo aprender y crecer sin la humildad que pisotea la soberbia de su saber?, señor psicólogo (?). El conocimiento está protegido, custodiado, invisible a los ojos de cualquiera; no destruya la única llave que le puede abrir la puerta». Ahora sé que mis palabras no solo iban dirigidas a él, también eran para que las escuchara yo mismo, pues no veía sino mi reflejo en él. Sin embargo, en ese momento mis oídos estaban sordos y mis ojos ciegos, no veía lo que hacía, yo simplemente lo hacía. «…así que, sin pretender agraviar, señor psicólogo —lancé el más proyectivo y audaz de mis juicios—. ¡Ni siquiera yo pude tolerar en mi mente tanto abuso de sus compañeros, ni tanta estulticia suya!».
