S.M. Martín

W2R: Realidad Virtual

Capítulo 1

Depresión

Emoción causada por la disminución generalizada de valores. Falta de apetito emocional.

Bitácora personal: Almirante Gunnar Markowitz. Año sideral: 1077. Ciclo local: 240, 00:45 horas. Desde aquí, al alejarnos, veo lo hermosa que resplandece la orla de luz sobre el horizonte del planeta, con sus dos lunas naranja. Ya no sé si sueño, imagino o vivo. Ya no me angustio, ya no me preocupo. No sé si he cambiado o si el cambio es lo que me define, y aunque todo parece extraño no estoy ni confundido ni curioso. Me siento relajado, en paz conmigo y con el cosmos. Ya duerme la tripulación, solo faltamos Jessica y yo.

"No sé cuánto más le quede a esta Tierra devastada ni a esta humanidad enferma y mutilada. Y aunque lo sepamos, seguimos destruyendo nuestro hogar como si fuera solo nuestro y a nadie más le importara. ¡Es el único que tenemos."

W2R: Realidad Virtual: Depresión

Esta vez, no sabemos cuándo volveremos a despertar o si volvamos a despertar. No sé cuánto ni cómo se ha movido el tiempo. ¡Ni siquiera sé mi edad! Pronto el futuro será de nuevo azul y el pasado se verá rojo otra vez. Justo ahora recuerdo cómo mi descontento hizo girar mi vida, y cómo mi vida transformó la realidad. Sin embargo, ahora que lo pienso, jamás hubiera imaginado el rumbo que tomaría esto. Estoy seguro de que hemos cambiado nuestro destino, pero aún no se me ocurre en qué forma habrá de ser nuestro futuro. Aún hay mucho por hacer, aún me pregunto si tendrá sentido lo que hacemos. ¡Cuánto me quejaba entonces!

¡De qué ha servido tanta experiencia?, me preguntaba en aquellos tiempos cuando todo empezó. Haber invertido horas y horas, billetes y más billetes para aprender a tomar con inteligencia y seguridad las mejores decisiones que dieran forma, sentido y dirección a mi vida. Todo ha sido tan rápido. ¡Y heme aquí!, ahora, recordando mi confusión y mi sed de respuestas, haciéndome las mismas preguntas, repitiendo los mismos anhelos.

Ahí estábamos todos, solos. Aunque todavía éramos muchos, no éramos más que réplicas individuales de una especie en extinción; transitando solo por el sinsentido de la existencia.

¡Ya no sé si el tema de la superación es un estandarte, una consigna, o el ridículo juego que nos ocupa tratando de ser mejores mientras consumimos las cada vez más escasas horas de nuestro futuro! En ese entonces no sabía lo estúpido que era el tiempo ni lo trascendente de la evolución.

Esa mañana, en la oficina, se presentó un nuevo proyecto, ¡disque para administrar el liderazgo! Yo más bien creo que era para tomar el pulso, la temperatura y, en general, los signos vitales de la empresa y detectar alguna situación disfuncional que necesitara intervención quirúrgica urgente.

Hace tiempo que las cosas no andan bien. Ni con tanta literatura de producción ni con lo más reciente de la tecnología de administración, y a pesar de los nuevos procesos de innovación, no hemos logrado mover la tendencia negativa de las ventas. ¡Bendito diagnóstico laboral el que va a determinar la empleadoctomía necesaria para sanear la compañía! Quizá es solo el momento que vive el mundo. El colapso ecológico, la internacionalización, la crisis sanitaria, la tecnología, todo lo que ha transformado las formas de gobierno, todo lo que ha transformado a las personas, a las religiones y las ideologías, cada vez más rápido pierden el sentido y hacen que los hombres se depriman, que las mujeres abandonen la esperanza y los niños se confundan. ¡Ya no hallan dónde mirar ni a quién culpar! También las empresas deben adaptarse a los nuevos valores humanos. Todos esperamos un milagro. Sé que esto no es nuevo, pero igual me siento abandonado, frustrado, herido, desolado… El mundo ya no es como antes; ni siquiera como yo esperaba que fuera ahora.

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Ayer por la tarde platicábamos entre amigos. ¿Qué beneficio podría yo obtener de eso?, creo que ya ninguno. ¡Ni siquiera es divertido! Siempre lo mismo: la queja, el chisme, la palmada hipócrita, el comentario injurioso, la desolación, el protagonismo, la ironía, la risa, y en lo superficial: los deportes, el espectáculo y la noticia denigrante; la máscara para encubrir la realidad paupérrima de un entusiasmo extinto. Nada de religión, política o economía; no por evitar discutir, no por ventanear las posiciones ideológicas, sino porque todos somos unos ignorantes apabullados por el populismo demagógico del que nos parece el más carismático.

Ni siquiera la mentira o la ocultación pueden ya abrazar el éxito. Y ni compartir una cerveza ha de reconstruir una amistad herida por el cambio de paradigmas.

¿A quién engañamos? ¡Estuve a punto de perder la cabeza! Apenas llego a los 40 y ya soy víctima de esta crisis de vida. He buscado alguna lectura que me ayude a disipar este estrés trágico que me agobia, pero ni siquiera la compañía de mis tontos amigos me motiva. Así son felices ellos, sin percatarse de lo ridículo de sus vidas mientras que el tiempo se agota sin detenerse y sin que podamos hacer algo al respecto. ¿Será que no vemos lo mismo?… ¿Inocentes o inconscientes? ¡Qué más da!

La sección de deportes, la de sociales, la nota roja, y la prensa amarillista, ya no llaman la atención de nadie. Ahora, el suero adictivo y persuasivo, el perverso angelito malo, está en las redes sociales escurriéndose libidinoso, mentiroso, travieso y seductor en el reino de la estulticia, la manipulación y el lucro, ocultándose entre la inocencia, la realidad, y el frenesí de los cibernautas amateurs; nuevos o tarados; parecen ser los mismos. No hay más qué hacer. Sin propósito, y sin ningún apetito, embriagados por nuestros arrebatos emocionales, nos hemos dejado atrapar y conducir por la apatía de un razonamiento débil, fútil, insuficiente, e indigno. Nuestra falta de templanza, prudencia y justicia han disminuido nuestra fortaleza y se han transformado en la esperanza utópica de que el más idiota, frágil e ignorante, se ilumine y nos rescate algún día. No se sabe cuánto más le quede a esta Tierra devastada ni a esta humanidad enferma y mutilada. Y, aunque lo sabemos, seguimos destruyendo nuestro hogar como si solo fuera nuestro y a nadie más le importara. ¡Si no les importa a ustedes, ¿entonces a quién?! No se dan cuenta de que nuestro hogar (?) es, en realidad el hogar de la vida. Y también, ¡el único?

¡Amigos míos!, les dije. Ya no sé por qué son mis amigos. ¿Por qué ríen?, cuando deberían estar sollozando por esta cultura lastimera y putrefacta. ¡¿Es que no van a hacer nada?!…, les reclamé. Les comento que esta mañana, en la oficina, un grupo de personas tomaron el control de todo. Seguramente van a cerrar la planta. ¡Ya nadie necesita nuestros productos!, a la gente no le importa sentirse bella. Ya no gastan en cosméticos, ni sociales ni morales; ni siquiera invierten en un paliativo espiritual. Ya no hay clientes. Ya empiezan a entender que ningún sentido tiene fingir. Esa apatía, este desahucio que se esparce como peste en la sociedad solo ataca a las mayorías más silvestres. No es más que el resultado de la aplastante evolución tecnológica que ha mermado la verdadera evolución antropológica.

¡Igual que todos los de nuestra clase!, parece que lento caminamos juntos hacia una eutanasia colectiva. Más que resignados, hipnotizados por el reptil de la esperanza de que todo acabe pronto. ¡No más sufrimiento!, solo ustedes ríen, van alegres, como si el cadalso fuera un patio de juegos, un nuevo punto de partida, la antesala de una vida mejor. ¡¿Cómo hacen para creer eso?! ¿Qué anestesia les han inyectado? ¿Cómo pueden alcanzar ese nivel de inconsciencia, de ignorancia, y de ausencia? Todos esperamos un pastor que nos guíe, que nos conduzca; no es extraño, no somos sino ovejas asustadas, pasmadas por el miedo, negando la situación y arrodillándonos ante cualquier iniciativa estúpida por perversa que ésta sea.

Tanta tecnología ha hecho que el cambio sea vertiginoso; apenas conocemos la realidad cuando ésta ya ha cambiado. Nuestras decisiones son tardías, inoportunas, obsoletas. Nuestra cultura es tan efímera, prácticamente inexistente. Ya no solo es la angustia que causa la ignorancia de nuestro origen y existencia en el universo. La mayoría ya no se preocupa de eso. O se apegan a una explicación fantástica o a una creencia dogmática o aceptan que no pueden saberlo aún, y quizá jamás; simplemente se resignan a su oscurantismo y se extingue en ellos la curiosidad. De otra manera, explotan y mueren iracundos cuando el estrés y la impotencia derrotan su resiliencia. Pero ¿qué me dicen de la angustia lenta y corrosiva que produce el imaginar tantos futuros probables? ¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Alguien lo sabe?… ¡Se vuelve tan absurdo! ¡Todo pierde sentido! Y mientras padecemos la depresión, la transformación o extinción de nuestra cultura, ustedes ríen disfrutando la superficialidad de su ignorancia. No los entiendo. Y por eso ya no sé si llamarlos ¡amigos!

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